CONSUMIR LOCAL

,Una decisión que impacta en nuestro entorno

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La alimentación es un rasgo cultural propio de cada pueblo; involucra sus recursos naturales, su identidad y sus sabores tradicionales. Lamentablemente, se ha convertido en rehén de grandes cadenas de procesamiento y distribución de comida, que nos permiten conocer muy poco sobre los ingredientes, los procesos, el origen y la calidad de lo que estamos consumiendo. Además, no estamos muy interesados
en saberlo; la vida rápida nos lleva a utilizar las estructuras de compra y distribución más cómodas para resolver nuestro día a día, haciéndonos insensibles a las consecuencias de esta forma de vivir. Si nos propusiéramos analizar el enunciado «Comer es un acto agrícola», quizá no encontremos la relación; sin embargo, es directa. La demanda de un ingrediente, en este caso algo que se siembra, dictará las líneas de producción de este producto. El mercado lo solicita, por lo que su venta está asegurada, y el precio dependerá de la oferta, la demanda y la disponibilidad.

En el mismo contexto, «Comprar es un acto político» parece, a primera vista, no tener relación. Sin embargo, las políticas económicas de un lugar o país dependen de la activación de su propia economía. Por lo tanto, no es lo mismo comprar en un mercado local que en una cadena de supermercados, donde el flujo de dinero tiene distintas direcciones y propósitos.

«Cocinar es un acto antropológico» sigue la misma lógica. Cocinar significa darle una personalidad a nuestros alimentos, ya que interviene un ingrediente único llamado cultura. Es increíble cómo, con los mismos elementos, podemos dar a los platillos una procedencia e historia; una identidad.

Tomando todos estos elementos en cuenta, comprar local cobra un sentido y un valor enorme, pues dinamiza la economía de nuestro lugar, compramos fresco, barato y de temporada, reducimos los costos ambientales que implica el traslado de alimentos desde lugares lejanos y, sobre todo, obtenemos los beneficios de consumir alimentos sin aditivos químicos, hormonas, colorantes, agroquímicos, etc., que tanto dañan la salud.

Consumir local también significa asumir una responsabilidad colectiva que nos hace menos exigentes en adquirir productos menos perfectos a la vista, pero mucho más sanos y frescos. Nos hace más sensibles al apoyar llevando nuestros propios contenedores y/o bolsas, devolviendo frascos y cajas, lo cual tiene un impacto positivo en la gestión de la basura en la localidad. Nos hace más solidarios al poner nuestro dinero en circulación en una economía que permitirá seguir sembrando y creyendo en que vivir del campo es posible y que vale la pena sortear las dificultades del cambio climático.

Consumir local, por tanto, es un gran reto en estos tiempos, pero es posible si hay un propósito de hacerlo. Afortunadamente, en muchas ciudades de nuestro país, hay iniciativas desde los pequeños productores para conformar redes de abastecimiento de este tipo de alimentos, donde tenemos la enorme fortuna de, además, escuchar de ellos mismos toda la información relacionada con su trabajo, su actividad y su experiencia.

Consumir local no es para todos, pero afortunadamente cada vez es para más personas que buscan un equilibrio más humano y empático con el lugar que les tocó vivir.

Contacto:

Biol. Alma Rosa Garcés Medina.
Facultad de Ciencias UNAM.

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Raúl López: [email protected]
Instagram: @ceibavivirbien